La práctica relacionada con la lectura y la escritura de literatura es una de las más cuestionadas en la labor docente, dado que es una de las realidades más representadas en los entornos escolares, consideramos que esta actividad va en decadencia y varía de acuerdo a múltiples factores como:
Una de las mayores razones por la que la lectura y la escritura literaria en los maestros es escaza, es por el esquema tradicionalista en el que se baso su formación académica, la rigurosidad y estricta manipulación en los procesos de aprendizaje que quizás se fundamentaron en el detalle de escritura y/o lectura, de lo que se tenía que leer más no por el gusto de algún género literario, estas prácticas basada actos policivos y de obligatoriedad son reflejadas hoy en múltiples ámbitos académicos, en donde los escolares no tienen voz, de esta manera la expresión de la emociones y la sensibilidad por la literatura es reducida tanto para los estudiantes como para los maestros ya en ejercicio que aún repiten la misma secuencia de su configuración.
Por otro lado pero en la misma línea, la falta de apetito literario y escritural en los docentes se presenta tras el abandono de este hábito debido a las diferentes actividades que el maestro a nivel personal y a la hora de abordar la enseñanza de los currículos académicos.
Dentro del sentido de la lectura y la escritura se tiene en cuenta los planteamientos de Machado A. (2003), quien afirma que “lo que lleva a un niño a leer es, ante todo, el ejemplo”, este aporte es una invitación al cambio, a la esperanza, a tener un segundo encuentro en el aula de clase con la literatura y la escritura, una oportunidad a la exploración de un mundo lleno de fantasías e ilusiones que solo se puede dar a través de la libertad al ser lectores tal como lo menciona Alberto monguel.

Me acuerdas de estas palabras de Jorge Luis Borges:
ResponderEliminarCreo que uno sólo puede enseñar el amor de algo. Yo he enseñado no literatura inglesa, sino el amor a esa literatura. O mejor dicho, ya que la literatura es virtualmente infinita, el amor a ciertos libros, de ciertas páginas, quizá de ciertos versos. Yo dicté esa cátedra durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras. Disponía de cincuenta a cuarenta alumnos y cuatro meses. Lo menos importante eran las fechas y los nombres propios, pero logré enseñarles el amor de algunos autores y de algunos libros. Y hay autores, bueno, de los cuales yo soy indigno, entonces no hablo de ellos. Porque si uno habla de un autor debe ser para revelarlo a otro. Es decir, lo que hace un profesor es buscar amigos para los estudiantes. El hecho de que sean contemporáneos, de que hayan muerto hace siglos, de que pertenezcan a tal o cual región, eso es lo de menos. Lo importante es revelar belleza y sólo se puede revelar belleza que uno ha sentido.